Gallardo se fue entre lágrimas y reproches: ovación eterna al ídolo y silbidos a un plantel sin respuesta

El Monumental despidió a Marcelo Gallardo con una victoria 3-1 ante Banfield. Hubo emoción, nostalgia y una ovación conmovedora para el Muñeco, pero también silbidos hirientes para los jugadores en una tarde que expuso la fractura interna del segundo ciclo.
Deportes28 de febrero de 2026Francisco O CisneroFrancisco O Cisnero
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La tarde-noche en el Monumental fue una mezcla explosiva de sentimientos. Marcelo Gallardo dirigió su último partido como técnico de River Plate y, aunque logró despedirse con una victoria 3-1 frente a Banfield, el clima dejó al descubierto una verdad incómoda: el vínculo eterno con la gente sobrevivió intacto, pero el “feeling” con varios jugadores estaba roto.

El pitazo final de Hernán Mastrángelo marcó el cierre formal. Lo simbólico llegó después: Gallardo caminando solo por el césped, brazos en alto, mientras desde las tribunas bajaba el último y atronador “Muñeeecooo, Muñeecooo”. Detrás, el plantel se retiró envuelto en una silbatina generalizada. La escena resumió toda la jornada.


La estatua, la historia y la herida abierta

El hombre de la estatua se fue sin títulos en su segundo ciclo, pero con una historia imposible de borrar. En su primera etapa al frente del club consiguió 14 títulos, incluidas dos Copas Libertadores, con la final de Madrid como cumbre inolvidable.

En el estadio Estadio Monumental se desplegaron banderas que pedían que “la noticia no tape la historia”. Y no la tapa. Gallardo transformó a River, cambió la narrativa del Superclásico y dejó una huella cultural que excede los resultados.

Pero esta despedida no fue solo homenaje. También fue balance. En este segundo ciclo no encontró funcionamiento, el equipo cayó en un tobogán de derrotas desde septiembre y, pese a una inversión cercana a los 90 millones de dólares en refuerzos, terminó sosteniéndose con mayoría de jugadores formados en casa.


Ovación al Muñeco, reprobación al plantel

La diferencia fue brutal y visible. Cuando la voz del estadio anunció la formación, varios futbolistas recibieron silbidos punzantes. Colidio fue el más reprobado, seguido por Acuña, Paulo Díaz y otros nombres apuntados por la crisis futbolística.

En contrapartida, los juveniles y Montiel fueron aplaudidos. El mensaje fue claro: la gente eligió proteger a los pibes y señalar a quienes no estuvieron a la altura.

Durante el calentamiento bajaron los clásicos reproches: “pongan más huevos” y “transpiren la camiseta”. Antes del inicio, explotó el insulto colectivo dirigido al plantel. En paralelo, cada gesto del entrenador era celebrado como si se tratara de una despedida familiar.


Los goles y la última sonrisa

A los 12 minutos, Martínez Quarta abrió el marcador de cabeza. Gallardo aplaudió con sobriedad. En el segundo tanto, convertido por Driussi, el Muñeco gritó con el puño cerrado y se abrazó con Matías Biscay. Fue uno de los pocos momentos en que se lo vio descomprimido.

El tercero, del juvenil Freitas, fue casi una declaración simbólica: la cantera como refugio en medio de la tormenta.

No hubo plaquetas ni homenajes formales en el campo. Fue un pedido expreso del propio entrenador, que priorizó el foco competitivo. La ovación llegó igual, espontánea y ensordecedora.


Una despedida que expone más de lo que cierra

Gallardo se fue solo, con el clamor popular sobre los hombros. Los jugadores, en cambio, caminaron detrás bajo una lluvia de silbidos. La imagen fue potente: el ídolo intacto, el plantel cuestionado.

La derrota deportiva del segundo ciclo no alcanzó para erosionar el vínculo emocional construido durante casi una década dorada. Pero sí dejó al descubierto que el vestuario ya no respondía con la misma mística.

La historia del Muñeco con River es eterna. Esta salida no la borra. Pero la tarde en Núñez dejó una señal fuerte: la estatua sigue firme; el proyecto, no.

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