
JERUSALÉN, EN VIA CRUCIS: LA GUERRA CIERRA EL SANTO SEPULCRO Y CONDENA A LOS CRISTIANOS A UNA SEMANA SANTA SIN RITOS

Jerusalén – Por primera vez en la memoria viva de la Ciudad Santa, la Semana Santa transcurrirá sin sus ritos milenarios. No habrá Domingo de Ramos descendiendo del Monte de los Olivos. No habrá Misa Crismal en el Jueves Santo. Y el Santo Sepulcro, el lugar donde la tradición sitúa la muerte y resurrección de Cristo, permanece vedado para los fieles. La guerra desatada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha llegado al corazón geográfico y espiritual del cristianismo, imponiendo un silencio litúrgico que el cardenal Pierbattista Pizzaballa, Patriarca latino de Jerusalén, no duda en calificar como una herida colateral del conflicto.
“A la dureza de este tiempo de guerra, que nos afecta a todos, se suma hoy también la de no poder celebrar juntos y dignamente la Pascua”, escribió el purpurado en un mensaje difundido este domingo. La declaración, que trasciende lo meramente pastoral para adquirir un carácter de diagnóstico político-espiritual, confirma lo que en los últimos días era un temor creciente entre las comunidades cristianas de Tierra Santa: la liturgia fundacional de la fe se sacrifica en el altar de la escalada bélica.
El anuncio, sin embargo, no solo informa de cancelaciones. Delinea un escenario de desposesión simbólica que los analistas geopolíticos ya interpretan como un punto de inflexión en la protección histórica de los Lugares Santos. Las restricciones de acceso a la basílica del Santo Sepulcro, sumadas a la evolución del conflicto, han obligado a las Iglesias cristianas a una “coordinación día a día” con las autoridades competentes, según reconoce el propio Patriarca. “No podrán celebrarse celebraciones ordinarias abiertas a todos”, sentencia, dejando en suspenso incluso la posibilidad de que los ritos centrales de la Pascua se desarrollen con normalidad.
La procesión del Domingo de Ramos, una de las manifestaciones públicas más emblemáticas del cristianismo en Jerusalén, queda cancelada y será sustituida por un “momento de oración por la ciudad” en un lugar aún por definir. La Misa Crismal del Jueves Santo, por su parte, se pospone sine die. Son dos bajas que los vaticanistas consideran de alto valor simbólico: la primera representa la presencia pública de la fe en el espacio urbano; la segunda, la unidad del presbiterio en torno al obispo. Ambas sucumben ante la lógica de la guerra.
En medio de este panorama, la Custodia franciscana de Tierra Santa se apresuró a precisar que los frailes presentes en el Santo Sepulcro “no han dejado nunca, ni de día ni de noche, de celebrar los ritos”. Pero el matiz es crucial: el acceso a la basílica está “impedido a los fieles por motivos de seguridad”. La oración continúa, pero a puerta cerrada, en una suerte de clausura forzada que contradice la esencia de convocatoria universal de la Pascua.
El mensaje del cardenal Pizzaballa no oculta la gravedad del momento. “Es una herida que se añade a tantas otras infligidas por el conflicto”, afirma, en una frase que resuena como un lamento colectivo. Pero también lanza un antídoto contra el desaliento: la convocatoria a un Rosario por la paz el próximo sábado 28 de marzo, como acto de resistencia espiritual. “Si no podemos reunirnos como quisiéramos, no renunciemos a la oración”, insta el Patriarca, llamando a las familias y comunidades religiosas a suplir con la unidad espiritual lo que la guerra les ha arrebatado en lo físico.
El trasfondo de esta decisión es ineludible: la ofensiva lanzada por Estados Unidos e Israel contra Irán ha reconfigurado el tablero de seguridad en la región, y Jerusalén, punto de convergencia de tres monoteísmos, paga el precio de la escalada. Que el Santo Sepulcro se convierta en zona restringida precisamente en la semana que conmemora el núcleo del misterio cristiano no es solo un contratiempo logístico: es un poderoso símbolo de cómo la guerra termina devorando incluso los espacios que la humanidad había reservado para lo sagrado.
Mientras tanto, la comunidad cristiana de Tierra Santa —ya de por sí disminuida y sometida a tensiones crecientes— afronta una Pascua de ausencias. Los ritos que durante siglos atrajeron a peregrinos de todo el mundo se diluyen en oraciones privadas y celebraciones restringidas. El cardenal Pizzaballa lo resume con una frase que podría servir de epitafio para esta Semana Santa excepcional: “Nos hemos perdido el camino comunitario hacia la Pascua”. En una ciudad donde cada piedra es teología y cada procesión es memoria, la cancelación no es solo un reajuste de agenda: es un golpe a la identidad viva del cristianismo en su cuna. data-GV) (Agencia Fides 23/3/2026)


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