DROGAS, FIESTAS Y MUERTE: EL ESCÁNDALO “PROPOFEST” EXPONE UNA RED OSCURA EN LA MEDICINA ARGENTINA

La muerte del médico Alejandro Zalazar destapó una trama de presunto desvío de sedantes, consumo clandestino y fallas de control en uno de los sistemas más sensibles: el sanitario. La investigación judicial apunta a profesionales de alto nivel y deja al descubierto un problema estructural.
Seguridad01 de abril de 2026
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Hospital Italiano de Buenos Aires. Hospital Italiano

El caso que sacude al sistema de salud argentino no es solo un hecho policial: es una radiografía incómoda de los márgenes grises donde conviven conocimiento médico, acceso a sustancias críticas y controles que, según la investigación, fallaron.

Todo comenzó el 20 de febrero, cuando Zalazar fue hallado muerto en su domicilio, con una vía endovenosa conectada y rodeado de insumos médicos. La autopsia confirmó lo que luego se convertiría en el eje del escándalo: una sobredosis de propofol y fentanilo, drogas de uso estrictamente hospitalario.

El foco rápidamente se desplazó hacia el origen de estas sustancias: el Hospital Italiano, uno de los centros privados más prestigiosos del país. Según la causa, los fármacos habrían sido sustraídos por profesionales con acceso directo a ellos, lo que abre una pregunta crítica: ¿cómo es posible que medicamentos de alto control salgan del circuito formal sin ser detectados?

En ese punto, la investigación señala a los anestesistas Hernán Boveri y Delfina Lanusse, acusados de integrar una red que no solo desviaba drogas, sino que además organizaba encuentros clandestinos donde se consumían bajo la lógica de los llamados “viajes controlados”.

El concepto —tan técnico como inquietante— revela el núcleo del problema: profesionales capacitados, con pleno conocimiento de dosis y efectos, trasladando prácticas médicas a contextos recreativos. La ilusión de control, sin embargo, se rompe frente a un dato irrefutable: la muerte de Zalazar, presuntamente vinculada a una dependencia creciente.

El fenómeno, bautizado mediáticamente como “Propofest”, expone una dimensión poco visible: el consumo problemático dentro de sectores altamente calificados. No se trata de marginalidad, sino de acceso privilegiado a sustancias extremadamente peligrosas.

La reacción institucional no tardó en llegar. El Hospital Italiano reconoció el robo de fármacos y anunció la desvinculación de los implicados, además de una revisión interna de sus mecanismos de control. Sin embargo, su propia admisión —al señalar que estos hechos “también ocurren en otros hospitales”— amplía el alcance del problema y lo convierte en sistémico.

Por su parte, la Asociación de Anestesia, Analgesia y Reanimación de Buenos Aires buscó desmarcar a la especialidad de las conductas investigadas, advirtiendo sobre el riesgo de estigmatización. El planteo no es menor: el equilibrio entre responsabilidad individual y daño reputacional colectivo será clave en la evolución del caso.

En términos políticos y sanitarios, el impacto es profundo. La causa no solo interpela a la Justicia, sino también a los sistemas de auditoría, trazabilidad de medicamentos y salud mental dentro del ámbito médico. La pregunta de fondo ya no es quién robó, sino cómo un circuito diseñado para salvar vidas pudo convertirse, en paralelo, en una vía de acceso a prácticas autodestructivas.

El escándalo recién comienza, pero deja una certeza incómoda: cuando fallan los controles en los niveles más altos de especialización, las consecuencias no son solo individuales. Se transforman en crisis de confianza. Y esa, en el sistema de salud, es una de las más difíciles de revertir.

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