
“AVANT PREMIERE A SALA LLENA: ‘ALBERDI EN EL ESPEJO’ ABRE EL DEBATE SOBRE LA HISTORIA”

El lleno total en el Teatro Rosita Ávila durante la avant-premiere no fue solo entusiasmo cultural. Fue, en todo caso, una señal de que Alberdi sigue siendo un tema vivo, en disputa, lejos de cualquier estatua intocable. La presencia de dirigentes como Beatriz Ávila, Pablo Yedlin y Susana Montaldo refuerza esa idea: cuando la política aparece en la sala, es porque el debate sigue abierto.
La jornada comenzó con una conferencia de prensa que reunió a más de diez medios, donde participaron la empresaria Catalina Lonac, el actor Mario Ramírez y el propio Soberón.
Tras la proyección hubo preguntas del público y un cierre musical con Francisco Sánchez interpretando la banda sonora compuesta por Pablo Santi.
El film (72 minutos) tiene dos historias:
- Un titiritero actual (Mario Ramírez) que atraviesa cambios físicos y de personalidad.
- Escenas fragmentadas de la vida de Juan Bautista Alberdi.
Ambas líneas avanzan en paralelo y se conectan de forma simbólica. No es una biografía clásica ni un relato lineal.
Las escenas históricas se filmaron en el Teatro Alberdi con estética de “caja negra”: fondo neutro, vestuario de época e iluminación trabajada.
El elenco principal lo integran Mario Ramírez, Camila Caram y Facundo Nani. También participan actores que interpretan a Rosas, Sarmiento, Mitre y Mariquita Sánchez de Thompson.

Lo más interesante de la propuesta es lo que no subraya. Soberón no filma al Juan Bautista Alberdi de manual ni al prócer encapsulado en citas cómodas: elige al Alberdi contradictorio, cambiante, incluso incómodo, y ahí instala la mayor potencia —y también la incomodidad— de su película. Lejos de imponer una lectura única o de convertirlo en bandera, la propuesta trabaja sobre lo que decide no subrayar, dejando expuesta una tensión evidente entre ese Alberdi complejo y el Alberdi recortado que circula en el discurso público contemporáneo. En tiempos donde las figuras históricas se invocan más de lo que se estudian, esa elección no es un detalle estético sino una toma de posición: obligar a revisar, incomodar y, sobre todo, cuestionar la simplificación. Ese es, sin rodeos, el núcleo más sólido del film de Fabián Soberón.
También desde lo formal hay una toma de posición. La película evita la linealidad, rehúye el tono pedagógico y propone una experiencia más abierta, menos guiada. Eso puede jugar en contra para quienes buscan certezas rápidas, pero es coherente con lo que plantea: la historia no es un relato cerrado ni una bajada de línea, es un campo de interpretación. Y en ese terreno, el espectador no puede ser pasivo.
El film de Fabián Soberón propone una lectura incómoda pero necesaria: el problema no es Juan Bautista Alberdi, sino quién lo usa y cómo se lo reduce. Lejos del prócer de manual, la película se detiene en su dimensión contradictoria, cambiante y, por momentos, perturbadora, y desde ahí construye su punto más sólido. Sin discursos explícitos, deja al descubierto una tensión vigente: Alberdi convertido en consigna, citado y recortado según conveniencia, más repetido que realmente leído. En ese marco, la elección estética no es inocente. La estructura en espejo y la puesta austera, con un Alberdi casi espectral, no buscan reconstruir certezas sino desarmarlas, mientras el personaje contemporáneo encarna, sin subrayados, la idea de que la historia no es pasado inerte sino una fuerza que sigue operando en el presente. Ese cruce entre forma y contenido le da al film una densidad poco habitual y lo instala más cerca de la reflexión que del homenaje.

Hay un nivel de lectura que atraviesa toda la película de Fabián Soberón, aunque nunca se explicite: el del contexto en el que fue realizada. Más de dos años de trabajo, un equipo de más de 60 personas y un esquema de financiamiento mixto —con aportes privados y respaldo estatal— configuran un hecho concreto que desarma, por sí solo, ciertos lugares comunes del debate actual. En tiempos donde se discute si el cine debe sostenerse, “Alberdi en el espejo” funciona como argumento en sí mismo: hay producción, hay empleo, hay articulación. Reducir ese entramado a un gasto prescindible no es una posición ideológica sofisticada, es, simplemente, no entender de qué se habla. En paralelo, el film tampoco busca agradar a todos, y ahí radica parte de su valor. No ofrece respuestas fáciles ni se acomoda a la lógica de consumo rápido; exige atención, contexto y una cuota de incomodidad intelectual que juega a contramano de lo inmediato.
La recepción inicial fue positiva, pero eso no garantiza un recorrido cómodo. “Alberdi en el espejo” no está diseñada para dejar a todos conformes ni para consumirse rápido. Su apuesta es otra: incomodar, abrir preguntas, generar discusión. Y eso, en un escenario dominado por lo inmediato, es casi una anomalía.
El paso por festivales será el primer filtro real, fuera del clima local que siempre tiende a acompañar. Después vendrá el desafío más difícil: sostener interés cuando ya no haya evento, cuando la película tenga que defenderse sola frente a públicos más amplios y menos predispuestos.
No es una película para confirmar lo que ya se piensa. Es, más bien, una invitación a revisar cuánto de lo que se repite sobre Alberdi tiene sustento y cuánto responde a conveniencia. Y en un tiempo donde la historia se simplifica hasta volverse consigna, eso no es poco.






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