
POR QUÉ KEYNES ESTÁ MÁS VIVO QUE NUNCA EN LA ARGENTINA DE MILEI Y KICILLOF
Francisco O Cisnero
A casi ocho décadas de su desaparición, John Maynard Keynes no solo conserva vigencia: reaparece con fuerza en escenarios donde, en apariencia, su pensamiento debería ser rechazado. La Argentina actual ofrece un caso paradigmático. En los extremos del espectro político, tanto Javier Milei como Axel Kicillof encarnan modelos que, por caminos distintos, terminan dialogando —explícita o implícitamente— con el legado keynesiano.
La escena remite, inevitablemente, a otro momento bisagra de la historia económica mundial. En 1944, en Conferencia de Bretton Woods, Keynes fue protagonista de la arquitectura del orden financiero de posguerra. Enfermo, pero intelectualmente intacto, llegó a ese encuentro con una convicción que hoy vuelve a resonar: los mercados, por sí solos, no garantizan estabilidad ni crecimiento sostenido.
Sus advertencias no fueron teóricas. Había anticipado los efectos devastadores de las sanciones impuestas tras la Primera Guerra Mundial y cuestionado la rigidez del patrón oro. Más aún, en La teoría general del empleo, el interés y el dinero sentó las bases de una idea que rompió con la ortodoxia clásica: en contextos de crisis, el Estado debe intervenir activamente para reactivar la economía.
Ese núcleo conceptual —la intervención como respuesta a la inestabilidad— es el que hoy reaparece, incluso en discursos que lo niegan. Milei construyó su identidad política desde la crítica frontal al Estado y la reivindicación del mercado. Sin embargo, la dinámica de gobierno lo enfrenta a tensiones que Keynes describió con precisión: la fragilidad de las expectativas, la volatilidad financiera y los límites sociales del ajuste.
En el otro extremo, Kicillof representa una tradición más abiertamente influida por el keynesianismo, donde el gasto público, la regulación y la protección del empleo ocupan un lugar central. Pero esa afinidad no implica ausencia de desafíos: la sostenibilidad fiscal y la inflación plantean dilemas que también estaban presentes en el pensamiento de Keynes, quien nunca defendió el gasto sin criterio, sino la intervención inteligente.
La paradoja es evidente: dos proyectos políticos antagónicos terminan orbitando, de una u otra forma, alrededor de un mismo marco conceptual. No por coincidencia ideológica, sino por la persistencia de los problemas que Keynes intentó explicar. La inestabilidad, la incertidumbre y la fragilidad de las economías siguen siendo el terreno donde sus ideas encuentran sentido.
Keynes entendía que las crisis no eran anomalías pasajeras, sino parte constitutiva del sistema. Por eso rechazaba tanto el dogmatismo del laissez-faire como las respuestas mecánicas. Su enfoque integraba economía, política y psicología, anticipando fenómenos como el impacto de las expectativas en las decisiones económicas y el rol del Estado como estabilizador.
Su lectura del ascenso de Adolf Hitler como consecuencia del colapso económico y social es, en ese sentido, una advertencia que trasciende su tiempo. Para Keynes, el problema no era la escasez, sino la mala gestión: decisiones erradas podían convertir una crisis en una catástrofe política.
Hoy, en una Argentina atravesada por tensiones económicas estructurales, esa advertencia vuelve a cobrar relevancia. El debate entre ajuste y expansión, entre disciplina fiscal y estímulo, no es nuevo. Lo que cambia es el contexto, no las preguntas de fondo.
Que Keynes siga presente no responde a una moda intelectual, sino a una realidad más incómoda: las economías modernas siguen enfrentando los mismos dilemas que él describió. Y mientras esos dilemas persistan, su pensamiento continuará siendo —para unos y otros— una referencia inevitable, incluso cuando se lo invoque para discutirlo o negarlo.


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