
TENEMOS TODA LA ETERNIDAD PARA ESTAR MUERTOS, PERO APENAS UN INSTANTE PARA VIVIR
Francisco O Cisnero
Hay una frase de Simónides que atraviesa los siglos con una claridad incómoda: “Tenemos todo el tiempo para estar muertos, pero no para vivir.” Y sin embargo, el hombre moderno actúa como si fuera al revés. Corre, acumula, aparenta, se distrae, se compara. Vive atrapado en una maquinaria de urgencias artificiales mientras posterga lo único verdaderamente irremplazable: el tiempo propio.
La vida humana es breve, pero no solemos sentirlo hasta que algo se rompe. Una pérdida, una enfermedad, una despedida, un cumpleaños que pesa más que otros. Recién ahí aparece la conciencia brutal de que los días no vuelven. Que nadie puede devolver una tarde desperdiciada, un abrazo no dado, una conversación pendiente o los años entregados a personas que nunca supieron cuidarnos.
Hay quienes pasan décadas viviendo para cumplir expectativas ajenas. Ser lo que otros quieren. Decir lo correcto. Encajar. Sonreír aunque duela. Y en ese esfuerzo silencioso por agradar, terminan alejándose de sí mismos. La sociedad premia muchas veces la obediencia emocional antes que la autenticidad. Por eso hay tantas personas exitosas y profundamente vacías.
También están los vicios invisibles. No solamente el alcohol o las adicciones evidentes. Existen otros más aceptados y hasta celebrados: vivir pendiente del reconocimiento, consumir sin sentido, trabajar hasta el agotamiento para demostrar valor, sostener vínculos por costumbre, permanecer donde el alma ya no habita. Hay personas que nunca se preguntan si son felices; apenas sobreviven dentro de la rutina.
La filosofía antigua entendía algo que hoy parece olvidado: recordar la muerte no era un acto pesimista, sino una manera de aprender a vivir. Los estoicos repetían que cada día podía ser el último no para angustiarse, sino para ordenar prioridades. Porque cuando uno comprende que el tiempo es limitado, muchas discusiones pierden importancia, muchas máscaras caen y muchas excusas dejan de tener sentido.
Quizás la vida no consista en hacer más, sino en desperdiciar menos. Menos tiempo en lugares donde uno se siente ausente. Menos energía en vínculos que apagan. Menos miedo a decepcionar. Menos ansiedad por demostrar algo que, al final, nadie recordará demasiado.
La muerte siempre tendrá tiempo para esperarnos. No tiene apuro. Nosotros sí. Y tal vez madurar sea entender que vivir no significa simplemente existir, sino defender aquello que hace que los días valgan la pena: la calma, el amor sincero, la dignidad, la conversación profunda, el silencio necesario, la libertad de ser uno mismo.
Porque al final, cuando todo termine, probablemente no duelan los errores cometidos. Dolerá más la vida que no nos animamos a vivir.


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